“Las estatuas ecuestres, como la del emperador Marco Aurelio cubierto con un manto y su característica cabellera rizada (su reinado se prolongó desde 161 a 180 d.c), que durante tantotiempo estuvo expuesta en el Capitolio de Roma – en la actualidad ha sido sustitida por una copia- venían a hacer visible y palpable la metáfora del gobierno como ejercicio de equitación. El monumento ecuestre fue resucitado en la Italia renacentista, afirmando su autoridad sobre la plaza en la que fuera erigido, lo mismo que el príncipe la ejercía sobre sus dominios. A partir del siglo XVI, esos “jinetes de bronce”, como los llamaba Alexander Pushkin, se difundieron por toda Europa: la estatua del gran duque Cósimo de Medici en la Piazzo della Signoria de Florencia, las de Enrique IV, Luis XIII y Luis XIV en París, las de Felipe III y Felipe IV en Madrid, la del “Gran Elector” Federico Guillermo de Brandenburgo (que reinó de 1640 a 1688) en Berlín, etc. Esta recuperación de la tradición clásica, como la de llamar nuevo Alejandro o segundo Augusto a príncipes de poca monta, constituía una referencia más a la tradición clásica.” (1)
